Rechazo, superstición, y fanatismo

Estos son los productos que salen derivados al mezclar 'fe' e 'ignorancia'. O lo que es lo mismo: cuando la fe no se asienta en razones, cuando la fe no es “informada” por la razón, eso es lo que produce.

Nos estamos acostumbrando en nuestro mundo católico a esa manera de tener una fe, que consiste en tener creencias, sí, pero sin ninguna estructura, sin coherencia, sin que hayan sido contrastadas con un pensa- miento verdaderamente racional.

La fe cristiana, entonces, se convierte en un cúmulo de sentimientos anárquicos, nacidos de unas etapas infantiles de nuestra vida, que no se han adaptado a la madurez mental que el propio crecimiento de la persona requiere. Muchos dicen tener fe, pero prácticamente nunca se han enfrentado de una manera adulta a su misma forma de ver las cosas desde la fe, porque no ha habido un acercamiento aunque sea sencillo a ningún tipo de documentación veraz sobre aquello en lo que creen.

A lo largo de los siglos no todo el mundo ha podido tener una conciencia clara y de carácter académico sobre la fe cristiana. No había medios para mucha gente, ni materiales ni humanos. Pero en otras épocas se asumía en eso que se llama la “fe respectiva”, es decir, mucha gente creía lo que creía porque se fiaba de 'otros' que sí habían tenido esa oportunidad de formar intelectualmente su fe. De ahí aquello que se decía cuando algún artículo de la fe no se lograba comprender del todo bien: “a mí me cuesta entender esto, pero doctores tiene la Iglesia ” . Efectivamente, doctores tiene la Iglesia , como doctores tiene la ciencia, o doctores tienen las ingenierías, la política, la economía o el derecho. Eso es la “fe respectiva”: aceptar humildemente que el trabajo de comprender en sus entretelas las cuestiones más difíciles lo hacía otros por ti, de los que tú te fiabas. ¿Cómo iba un hombre del campo antiguamente a comprender el dogma de la virginidad de María o la Santísima Trinidad ? No podía, lógicamente por sus circunstancias personales que le habían impedido tener unos estudios para ello. ¿Pero quiere decir eso que ese hombre era un insensato? No, muy al contrario, su sensatez le llevaba a fiarse de que había otros que sí tenían muy estudiado eso. Bien sabía él también que a un teólogo tampoco le sería fácil comprender cuándo hay que sembrar. En ese terreno era él el profesional, como en el mundo de ciencia teológica lo eran otros. Simplemente se trataba de usar correctamente la inteligencia, y no invadir los campos profesionales. Ahora no. Ahora, en cuestiones de fe, como yo no vea algo, y encima sin haberme puesto nunca a examinarlo con los instrumentos debidos, no me lo creo. ¿Que la Iglesia afirma como dogma de fe la virginidad de María, o la presencia real de Jesucristo en el pan de la misa? Como yo no lo comprendo no me lo creo. Y además afirmo que no puede ser, aunque haya otros que sí tengan muy bien estudiada esta cuestión encima durante decenas de siglos. ¿Qué falla? La fe respectiva, la humildad para fiarte de otros.

Sin embargo en otros terrenos sí que aplicamos este principio de “fiarnos de los doctores”. Cuando vamos al médico, por ejemplo, ponemos nuestra confianza en aquel que sabe y que puede acompañarte en tu proceso de curación, y a ninguno se nos ocurre pedirle explicaciones a un profesional de la medicina cuando hace un diagnóstico y además utiliza palabras muy raras que en absoluto comprendemos. ¿Por qué hacemos esto en otras dimensiones de la vida y no con la fe cristiana? ¡Oh misterio!

Decíamos que antes no había prácticamente posibilidades de obtener una formación sobre la fe que fuese más allá de cuestiones corrientes. Pero hoy sí, hoy la Iglesia dispone de unos medios materiales y de unas posibilidades para que los cristianos nos formemos como jamás en la historia ha habido. Y sin embargo qué poca gente hace el esfuerzo por madurar sus creencias. Incluso hay quien prefiere que no le informen, no vaya a ser que el “tinglado” de las creencias que tiene se venga abajo y ahora qué. Si a eso le añadimos que no nos fiamos de los otros, de los que pueden ayudarte a comprender mejor tu fe, las consecuencias son inevitables: primero rechazo a lo que la Iglesia cree. Es una actitud en mucha gente, porque el valor de la otra persona que quiere abrirte los ojos no cuenta. Se establece un “prejuicio” ante el otro que te lleva a sospechar de él. Te mantienes en tu ignorancia, no quieres que nadie te abra la mente, y encima desprecias a esas personas, porque no te fías.

En otras ocasiones, cuando la fe se acepta, pero no se madura, lo que se forma es una visión supersticiosa del cristianismo: la fe se llena de mitos, de miedos, de un montón de cosas que no tiene nada que ver con la fe que nos trasmitieron los apóstoles. Baste mirar el auge de curanderos, de mezcla de elementos cristianos con otros mágicos, de dinámicas como “haz cien fotocopias de san Judas Tadeo y llévalas a la Iglesia porque si no te ocurrirá una desgracia…” etc, etc.

Por último, una fe sin razón, sin encarnación, sin contar con la cabeza, produce en otros muchos ni más ni menos que fanatismo: llevar hasta la radicalidad diversos elementos de la fe, pero de manera desbocada y peligrosa: tomar al pie de la letra algunas cosas incluso de la misma Biblia lleva hacia situaciones aberrantes (véase por ejemplo lo que piensan los Testigos de Jehová sobre la sangre y el tema de las transfusiones). Pero véanse por ejemplo algunas manifestaciones de religiosidad popular en torno a las imágenes, sacrificios, promesas, o ideas de las que nadie me bajará del caballo.

Eso es lo que produce una fe que no se forma, que no se catequiza. Luego no nos quejemos. Cuando una cosa no se conoce no se puede tampoco amar realmente. ¿Cómo vas a hacer de Jesucristo el centro de tu vida y la fuente de tu alegría y tu esperanza si lo único que has leído sobre él en los últimos años ha sido el Código Da Vinci? ¿cómo vas a querer a tu Iglesia si no has abierto tu corazón a ninguna persona de iglesia pero realmente cercana a ti? Claro, te llenarás de prejuicios si identificas a la Iglesia con el Vaticano y encima después de haber visto lo que dicen de él en un programa de televisión de los que ponen por las noches. No. Nunca querrás a tu iglesia, nunca descubrirás a Jesucristo, si no te fías de los tuyos. Seguirás teniendo fe. Pero será “tu” fe, no la de tu familia, no la de tu pueblo. Seguirás teniendo creencias, pero sin que la formación te haya servido para conocer mejor lo que crees y encima te haya hecho disfrutar mucho más. Y dirás, “sí, soy creyente”, pero sin los otros, sin palabra, sin luz. Dios te ampare. Pero luego no te quejes cuando la vida te ponga en brete. “Tu fe” te abandonará justo cuando más la necesites, por que era “tu fe”.

Ánimo, te invito a que luches contra la insensatez y contra la soberbia. Acércate a conocer el cristianismo desde dentro. Acércate a las personas, no a los ‘best sellers'. Fíate si te cuesta, no eres el único. Y te aseguro que disfrutarás como un enano de aquello en lo que la Iglesia cree. Derriba los prejuicios, huye de la superstición, y ábrete a un Dios que no quiere tu fanatismo, sino tu amistad. Pero sí, siempre junto a los otros.

Juan Pedro, sacerdote

 

Juan Pedro, sacerdote

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