Tiempo de pensar

(sobre el uso de la facultad de la inteligencia)

¡Qué cosas tiene la modernidad! Sí, es digno de asombro lo que los avances de la técnica nos permiten hacer en estos tiempos. Pongo por ejemplo lo que me sucedió hace pocos días. ¿Quién diría hace unas décadas que se podría mantener una “conversación” profunda entre dos personas separadas por miles de kilómetros mediante un aparato pequeño, sin tener que aguardar a una operadora para dar paso a una conferencia? Así nos sucedía a un amigo y a mí, él en Suiza y yo aquí. Recuerdo que él me planteó una pregunta que me hizo reflexionar. Decía: ¿por qué existe tanto orgullo en las personas? Él tenía sus razones para preguntar eso, razones que no vienen al caso. Pero la pregunta es inquietante. Yo, por el móvil, -¡qué cosas!- traté de contestarle. ¿Cuál es la razón de tanta soberbia y tanto orgullo que quedan patentes en no pocas actitudes y comportamientos de las personas? Pues sencillamente, (así me lo parece a mí), es por pura estupidez, por una falta preocupante de uso de la razón, del pensamiento, de la inteligencia.

A quién no se le ha pasado alguna vez por la imaginación –o por sus labios- acudir a la supuesta “injusticia” de Dios para dar explicación de los males que nos afectan? Apenas hace un mes de la tremenda masacre acaecida en Madrid: ¿dónde estaba Dios? Son muchísimos más los cientos de niños, personas inocentes, mujeres indefensas, que mueren cada día, ¡cada día!... ¿y dónde está Dios? ¿No es acaso Dios injusto? Pues sí, sí que hay algo de “injusto” en Dios, al menos tal y como nosotros entendemos este concepto de justicia. Veamos.

Recuerdo que uno de mis profesores, tenido por “sabio” entre los compañeros, nos decía que el drama del ser humano es precisamente la insensatez, lo imbécil que puede llegar a ser el hombre por no utilizar una de sus capacidades más impresionantes: la inteligencia. Decía él, y estoy totalmente de acuerdo, que esa es la raíz de multitud de problemas en nuestra vida, la raíz de la prepotencia, de la falta de humildad, incluso del egoísmo. ¡Si pensáramos las cosas, si nos detuviéramos “30 segundos” antes de decir o hacer algunas cosas! Hay personas que cuando tienen que profundizar un poco en algunos asuntos llegan a asustarse ante la terrible idea de tener que analizar, dar razones, sopesar, concluir, como si el hecho de pensar fuera un tormento al que se ve sometido el hombre, un fastidio. ¡Y es una de las grandes capacidades de los hombres, junto con la afectividad! Aquello que podríamos incluso llamar “milagro”, la posibilidad de reflexión, se convierte a veces en una tarea poco valorada y poco apetecible: “deja, deja, no me calientes la cabeza” .

Sí, todo un drama eso de vivir y hacer las cosas muchas veces sin pensar. ¿Será capaz esta civilización de la tecnología de desarrollar también el pensamiento profundo, o sólo el que es “útil” para realidades materiales? ¿Puede de verdad una persona vivir con ansias de plenitud sin jamás plantearse las cuestiones más trascendentales de su vida, su origen, su destino, su ser misterioso? Cuando muchos se encuentran de vacaciones yo también les deseo una cosa para su provecho: que piensen, que lean, que mediten, que se planteen su vida. A lo mejor el “temido esfuerzo” merece la pena. Al menos así lo creo yo.

Feliz tiempo para pensar...

 

Juan Pedro, sacerdote

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