No necesitamos a Dios

Cada vez es más frecuente tener la sensación de que la fe de los cristianos está en crisis. Pero quizá no sea sólo una sensación, sino que a lo peor responde a una evidencia ciertamente real. ¿Corren malos tiempos hoy para los creyentes? Es posible que sí.

Y es posible por muchas razones, pero yo destacaría una entre todas: sencillamente ‘no necesitamos a Dios', al Dios cristiano.

Ojo, que no es lo mismo que no necesitar la religión, sino que un Dios personal revelado de forma especial en Jesús de Nazaret, un ser divino con el que entrar en relación, no nos es útil. Porque la religión todavía sí se necesita, aunque sea para satisfacer determinadas cuestiones de carácter individual, como encomendarse ‘a algo' en los momentos de zozobra, o ‘desahogarse' con alguien que creemos nos escucha (–pero no interviene-), o celebrar mis devociones particulares, o sentirme protagonista de algo en algún momento de mi vida (o hasta en mi mismo entierro). Para eso sí se necesita la religión, y a sus ‘funcionarios', claro. Religión para la idea que tengo yo de la religión, pero que nadie –ni Dios- me diga a mí lo que tengo que creer o lo que tengo que hacer. Y si algún día faltan curas en los pueblos no importa, pagaremos a unos trabajadores sociales a fin de que no nos falte quien nos bendiga los canarios el día de S. Antón, organice la procesión de turno o rece un responso laico sobre nuestros muertos. ¿Y Dios para qué? ¿Y la Iglesia para qué? No nos hacen falta.

¿Exagerado... o no tanto? Pensemos en tantas personas que conocemos, y hasta en nosotros mismos. ¿No está nuestra fe en crisis? Acabamos de celebrar la Navidad, por ejemplo. ¿Qué hemos celebrado o cómo lo hemos celebrado? No hay más que mirar cómo estaban nuestras misas en los grandes días del nacimiento de Jesús, incluida la misa del gallo. Tenemos la cena de nochebuena, y después salimos de marcha. ¿Para qué necesito yo celebrar esa noche la fiesta cristiana de la Eucaristía? ¡Tengo de todo!... luego Dios no es necesario. Nos estamos despertando en una especie de tierra prometida, en un paraíso terrenal, y qué difícil es encontrar ahí a un Dios que quiere entrar en nuestras vidas y llenarlas ¡pero no de cosas!, que es lo único que ya valoramos. Estamos confundiendo la felicidad con el bienestar económico, y estamos renunciando a nuestra más alta vocación y dignidad: ser hijos de Dios.

Y si no mirad a nuestros jóvenes, cuántos han pasado siquiera una vez por la Iglesia en Navidad. No, no nos hace falta ese Niño pequeño para nada. Tenemos los ‘locales' que alquilamos a nuestros mayores, allí bebemos libremente, nos atronamos con la música, allí hay a veces ‘de to', ¿para qué necesitamos nosotros la Iglesia, que encima se empeña en querer hacernos personas? Y la pena es que los chicos no tienen toda la culpa. ¿Qué les estamos enseñando los mayores? ¿a cuántos en casa se les ha trasmitido el mensaje de que nuestras vidas no son fruto del azar sino que hemos nacido para la eternidad y que somos responsables de ello? Claro, que eso es discutible. Aquí lo importante es lo que se palpa, lo que se puede comprar y consumir, lo que llena el vientre y la vanidad. Eso de la eternidad...

No, no lo necesitamos. Decimos creer en Dios, pero vivimos como si Dios no existiera. Nos bautizamos, hacemos la Comunión, algunos nos confirmamos, nos casamos por la Iglesia, nos entierran cristianamente, pero no queremos saber nada ni de Jesucristo, ni de su Evangelio, ni de pertenecer a su Iglesia, ni de aceptar su mensaje moral. Nos estorba, nos hace menos libres (?).

Ciertamente Dios sólo le servirá al que lo necesite realmente. Sólo ahí puede prender la fe como una buena noticia, la gran noticia. No nos extrañe que sea hoy tan difícil la evangelización, porque Dios no tiene cabida en un mundo engreído y prepotente como el nuestro. Mientras no se recupere el sentido de la humildad, y de la gratuidad ¡qué difícil nos va a ser entrar en el Reino de los cielos! Sabe Dios qué maremoto nos hace falta para que se nos bajen los humos, y cuánto sufrimiento hasta que nos de por volver a alzar la mirada a lo alto. Es el llamado temor de Dios, el respeto reverencial ante la inmensidad de nuestro Dios, Creador, Sustentador, Salvador, el único que nos puede dar lo que nuestro corazón anhela, la Vida sin término. Pero hace falta levantarse por la mañana y reconocer –¡oh!- que no somos dios; que todo lo que tenemos, nuestra salud misma, no es producto de nuestro empeño, sino que es ocasión para bendecir y alabar al buen Dios, que porque quiere nos tiene aquí. Hace falta mirar con temor y temblor al que Es siempre más, y mirar nuestra pequeña miseria en la que él ha querido fijarse, sin ningún mérito nuestro.

Por eso sólo los pobres miran a Dios con humildad y esperanza. Que se lo pregunten a los del sur de Asia, o a nuestros abuelos que tanto han visto y padecido, a los sencillos que viven alegres con lo que tienen y buscan a un Dios a quien agradecérselo.

No Señor, no te necesitamos los niños de papá... al menos de momento. Quizá algún día tengamos que agarrarnos a un clavo ardiendo y te hagamos el favor de pedirte que nos ayudes. A lo mejor ese día tenemos que ir con lágrimas en los ojos a besar al niño de Belén o al árbol de la Cruz.

 

Juan Pedro, sacerdote

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