

Lágrimas
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Parece que es como un ojo que observa la situación justo por encima, la imagen hace un efecto raro y se forma como una gota de agua que se desprende del objetivo y empieza a caer hacia abajo, hacia la cruz. En la siguiente toma se observa cómo la gota cae desde el cielo y toca tierra al pie de Jesús, desatándose una serie de convulsiones en las escenas siguientes. Magnífica puesta en escena de un hermosísimo simbolismo: es una lágrima del Padre ante la muerte de su Hijo Cristo. Una lágrima de Dios. Imaginemos que a Dios Padre pudiéramos ponerle dimensiones corpóreas. Sólo una lágrima. Pero una lágrima que podría inundar implacablemente la faz de la tierra. Emocionante, ciertamente este gesto del director. Una lágrima, porque el Padre ya no ha podido aguantar más ante lo que acaban de hacer con Jesús, y ha roto a llorar. Lágrima de Dios de inmensa pena, y lágrima de una alegría contenida, porque lo que ha hecho Cristo ha sido la ofrenda más grande que podía hacer por su Padre y por sus hermanos: amar hasta que le cueste la vida. Es como si el Dios omnipotente no haya podido contenerse ante tan grandioso acontecimiento: ahora Padre e Hijo han hecho salir de los pulmones del crucificado el Aire de la vida, el Espíritu que cambiará nuestra suerte y nos llenará de gloria en la eternidad, el Espíritu Santo, Señor y dador de vida que es el amor del Padre y el Hijo derramado en los hombres.
Una lágrima. ¿Sólo una lágrima? Sí. El resto se las reserva el Padre para “llorar” por otras cosas. Porque Dios llora, no lo dudemos, aunque las proporciones de su llanto no las podamos cubicar materialmente. ¿Y por qué cosas llora Dios?
Estamos inmersos en la semana en quizá más lágrimas se derramen de todo el año. Además de las que se vierten por el dolor causado en las tragedias humanas, en los accidentes de circulación, en la soledad de mucha gente que no tiene ganas de fiesta, están esas lágrimas de “emoción”, de sentimientos acumulados y difíciles de explicar en torno a las imágenes y procesiones de estos días. Lágrimas que brotan mezcladas de aplausos y ‘vivas' a las imágenes sagradas y a los que las portan. Lágrimas producidas por la incomparable belleza de algunos momentos que se dan en esta semana. Lágrimas... de esta semana, lágrimas que se esconderán en el baúl del corazón hasta el año que viene, o hasta que algún dolor las vuelva a despertar. ¿Y llorará Dios con nosotros en esta semana, se tendrá guardadas esas lágrimas para estas cosas? Pues sí puede que Dios llore en estos días, pero quizá no motivado por lo mismo que nosotros. A Dios no le va a arrancar una lágrima la belleza de una escultura de madera. A él le hace llorar el llanto primero de un recién nacido, porque esa es la escultura que él mismo ha creado, la más hermosa que en la tierra hay, la que ha fabricado como un alfarero y a quien la dota de vida, de alma, de sentimientos, de inteligencia, y de inmortalidad. Para esas pequeñas ‘imágenes' reserva Dios sus lágrimas, y mucho más cuando esas criaturas están indefensas, o maltratadas, o llenas de moscas, o ni siquiera han tenido la oportunidad de ver la luz porque los que se creían su dueño no han querido.
A Dios no le va a conmover una noche llena de encanto, de luces, de galas, a Él, creador de la noche y el día y de todo lo bello que hay en el mundo. A él le acongojan las procesiones de multitudes de hijos que se pierden en esas noches de la amargura de no saber para qué se vive, de matrimonios y familias destrozadas, de jóvenes deshechos por el alcohol y por y la coca, de mujeres violadas en locales de alterne, noches de oscuros poderes en las que se vende el alma por algo más que treinta monedas.
A Dios se le escapó una lágrima al morir su Hijo, una lágrima mezcla de dolor y júbilo. Pero tiene más lágrimas, unas cuantas para cada uno de sus otros hijos. Lágrimas para llorarlas en silencio cuando tantos hijos no quieren saber nada de su Hijo. Lágrimas para todos aquellos que se han quedado con el sentimiento y han abandonado la Ley del amor. Lágrimas para cada uno que no le quiere como amigo, ni quiere su proyecto, ni su verdad, ni su palabra, ni su Iglesia, ni nada que le comporte algún sacrificio. Lágrimas de un Padre para hijos que quieren vivir huérfanos y que sólo acuden a él cuando le quieren ‘sacar' algo. Lágrimas para aquellos que sólo lloran un día al año y que no lloran por lo que tenían que llorar.
A Dios le duele la muerte de su Hijo, pero más le duele que esa muerte no les sirva para nada a muchos de sus hijos.
Y aún le quedan lágrimas para prestárselas a la que es a la vez su hija y su madre. Lágrimas no postizas, sino de las de verdad, de las que saben salado porque barren las cosas agrias. Lágrimas compartidas con una Virgen que llora por lo mismo que Él, que no es el sufrimiento de su Hijo, sino el abandono y el rechazo al que este Hijo se ve sometido por sus hermanos. Pero lágrimas de esperanza porque a pesar de todo el llanto de Dios será nuestra salvación.
Juan Pedro, sacerdote