

Beneficios
La fe cristiana no tendría sentido si no hubiera alguien a quien ofrecerla, evidente. Y es el hombre el que más tiene que ganar en este asunto. El hombre es el gran beneficiado en este negocio de la fe
Y es que todos los que nos decimos creyentes teníamos que estar reflexionando continuamente sobre este que es el ‘resumen' de todo lo que creemos: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna” ( Jn 3,16) . San Juan nos deja aquí el gran principio de nuestra fe, y de él podemos extraer innumerables consecuencias para nuestra vida.
Esta es nuestra fe:
que Dios nos ama infinitamente, a pesar incluso de que nosotros rechazásemos ese amor.El cristianismo no es una filosofía, ni un modo de entender la vida, que es a lo que nos referimos muchas veces cuando nos declaramos creyentes.
La fe no es una afición que tú te buscas para los momentos en que necesitas echar mano de ella.La fe es el reconocimiento en tu persona de que efectivamente Dios te ama y lo ha demostrado en la entrega de su propio Hijo por ti ( "Me amó hasta entregarse por mí" (Ga 2,20) ).
Este es el motor que ha de poner en funcionamiento toda nuestra vida de creyentes. Los cristianos no creemos en una idea vaga de Dios, ni en un sentimiento, ni “magia”. Para nosotros esto es un acontecimiento, un hecho real que toca nuestras vidas realmente, y que es capaz de movilizarnos hasta límites insospechados. Pero esta reflexión sobre el amor que Dios nos tiene a veces tarda en hacerse presente en nuestras vidas. Y suele tener una explicación: reconocer esta verdad y sacar consecuencias es ciertamente incómodo. La tendencia natural del hombre es caminar hacia lo más fácil, a no complicarnos la vida. Es mucho más “asequible” un dios que no comprometa a nada, un dios mudo, un dios según mis criterios, hecho a medida de mis intereses, un dios de quita y pon.
¡Pero cuánto tenemos que ganar y cuánto tenemos que perder según sea nuestra fe! ¡Que eres tú el gran beneficiado del amor de Dios!, ¡¡que eres tú!!
Y no acabamos de creerlo. Y prueba de ello es la tendencia impersonal a la que se está inclinando la fe de mucha gente. Este es el cáncer del cristianismo hoy: haber confundido a Dios con unos valores (“lo importante es ser buenos”), o con una ética, o con unos ritos. Ahora que nos preparamos para semana santa, tú que te dices creyente, ¿cuánto tiempo dedicas de verdad a encontrarte con Dios como con una amigo?, ¿cuánto esfuerzo por comprender y vivir lo que su Palabra te dice?, ¿cuánto tiempo a practicar obras de caridad y de perdón que te hagan creerte que de verdad Dios te ama?
¿En qué estamos pensando los cristianos cuando decimos que cada cual cree a su manera? Claro, eso es justo lo contrario de la fe, y así nos va. Porque hemos de recordarnos todos que la fe es aceptar ‘su' invitación, ‘su' amistad, no lo que tú te propongas. Cuántas cosas cambiarían si cada uno de nosotros no traicionáramos ese regalo que hemos recibido de otros, la fe. Sí, regalo, no esfuerzo tuyo, no merecimiento tuyo. Cuánto cambiaría el cuento si entendiéramos nuestra misma existencia como un regalo de Dios, ¡que somos fruto de una acto de amor de Dios, que no hemos venido al mundo por arte de birlibirloque! Y sin embargo ¡cómo nos apropiamos de la vida, creyendo que todo se debe a nosotros!, y hasta nos atrevemos a pensar... ¡anda, a lo mejor hay Dios!
¡Pues claro que hay Dios, hombre!, si no ¿por qué existes tú, por qué tú eres capaz de cosas increíbles, por qué si no tienes dentro de ti una aspiración infinita a la felicidad total! Si no hay Dios... tenemos mucho que perder. Y así es como vive mucha gente. Pero si hay Dios y encima te quiere a rabiar, y te da su misma vida en la persona de su Hijo... no lo olvides, tienes mucho de qué beneficiarte.
Cómo cambiaría la vida si el que es padre enseñase esto a sus hijos: “mira, nosotros te hemos traído al mundo, pero tú eres mucho más que un pegote de carne nuestra, tú eres ni más ni menos que alguien que Dios ha querido, y eso es tremendamente importante, así que cuidaremos de ti para no defraudar a tu Padre, al que agradecemos el detalle de contar con nosotros, pero nuestra vida tendrá sentido sólo si te hemos hecho hijo Suyo”. Cómo cambiaría la vida si los hijos no se levantaran por la maña pensando que aquí está el rey del mambo y hazme más que más me merezco, y no vieran a sus padres como sus rivales, y no les chantajearan, y no les agobiaran con el quiero una moto, un móvil, la cartera llena de euros y tiempo para hacer el botellón.
¡Joroba cómo cambiaría la vida, chavales, si os fiarais un poco de los que os dieron la vida, que os quieren más que a nada en el mundo, aunque haya veces que se equivoquen!
Cómo cambiaría la cosa si en vez de estar pensando en cuántos tambores vamos a sacar esta semana santa, estuviéramos pensando en la cantidad de chicos que se van a meter “de todo” en estas fiestas sin que nadie haga nada. Cómo cambiaría la cosa si nos tomáramos en serio la vida, y dentro de la vida a las personas.
Pero para tomarse en serio al hombre hay que tomarse en serio a Dios. Con él, todo lo puede y lo supera y lo alcanza y lo goza, sin él...
Pues tenemos ocasión de seguir pensando que Dios es una idea, o creernos que Dios nos ha amado y que esa es nuestra gran riqueza. A fin de cuentas el que pierde o el que gana sólo eres tú. Piénsalo, hazte ese favor.
Juan Pedro , sacerdote